miércoles, 28 de diciembre de 2016

I don't miss you

I don't miss you.
though it is true that my eyes miss the way you looked before them.
My arms miss the feeling of embracing you tight.
My legs miss the moments you flipped me out of my feet.
My nose miss your smell every morning.
And my lips miss the touch of your mouth.
But me? I don't. I don't miss you.

Quotes

I do believe that there are things in life that can make you happy... I just haven't found what makes ME happy.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Para Carlos:

En algún lugar leí o escuché que a las únicas personas a las que hacemos felices con nuestro sufrimiento es a nuestros enemigos... siempre he entendido como sentido común que para hacer felices a los que amamos, debemos ser felices nosotros mismos. Siempre lo he sabido. Siempre lo he creído así...
Estoy divagando.
Pensé mucho en lo que te quería decir, pero, llegado el momento, en realidad no salió ninguna palabra de mi boca. Me conoces, sabes que mantengo miles de posibles conversaciones imaginarias en mi cabeza, planeando lo que diré y lo que me dirán... en realidad no sé porqué lo hago... al final nunca sirve de nada, porque las personas nunca responden lo que mi imaginación predice, y cada vez termino siempre en una encrucijada emocional que me imposibilita, hasta horas después cuando mi cerebro se vuelve a activar por fin y se me ocurre la ingeniosa contestación que debí haber dado.
No soy buena con las conversaciones de frente, probablemente porque no soy buena lidiando con cosas sentimentales, bajándome al nivel de ser sólo una chica perdida e inexperta. Una tonta, como bien lo resaltaste tantas veces.
Quizás es por eso que temía enfrentarte... quizás es por eso que ahora te escribo esta carta, incluso si, en realidad, aún no sé qué decirte.
¿Debería comenzar por contarte mi parte de nuestra historia? En realidad no tengo tiempo, y sospecho que sería fútil, porque de todas maneras, tú ya la sabes, tú estuviste ahí... y aunque no lo hubieras notado, en realidad, no tengo ganas de recordar nada... además, no tengo mucho papel y tengo aún menos tiempo antes de que despiertes.
Prefiero haberme ido antes de que despiertes. Sé que soy cobarde... debes estar pensando eso en este instante. Lo admito, lo sé, no soy capaz de negarlo. Sé, de alguna manera, que te molestarás muchísimo conmigo cuando descubras que me he ido.
Supongo que por eso tengo tanta necesidad de pedirte disculpas, por irme sin decir nada, por huir en la noche como delincuente... pero no pretendo hacerlo. No te pediré disculpas, aunque sé que te debo una explicación al menos, y esa es la razón de esta carta sin sentido.
Me voy, pero no me voy porque no te quiera. Sabes que te quiero, sé que lo sabes, porque has jugado bien la carta de ese conocimiento, has sabido manipular esa situación hasta orillarme hasta este momento... pero no te confundas, no te culpo. Creo que si sufrí, en gran medida fue también mi culpa.
Me aferré durante tanto tiempo a ti, incluso sabiendo que no me querías, que la amabas a ella, y cuando volviste a estar con ella, aunque sabía que debía dejarte ir, aunque sabía que debía alejarme y dejarlos ser felices, me quedé, me colgué a ti como un lastre y te obligué a cargar conmigo, impidiendo que fueras feliz.
La miraba todos los días en la oficina, odiándola descaradamente, porque sabía que yo no era tan buena como ella, tan bonita o sensual o llena de confianza... y cada vez que me dabas tus regalos de compensación por haber estado con ella, veía su estilo, sus gustos reflejados en todo, y la odiaba aún más... pero sobre todo, me odiaba a mí misma.
Sentí, durante mucho tiempo, que perdía todo lo que era, que me llenaba de sentimientos egoístas, queriendo conservarte cuando estaba consciente de que ustedes dos merecían estar juntos, que se necesitaban... pero es que yo también te quería, yo también te necesitaba. Aún lo hago.
Poco a poco me di cuenta de que me estaba perdiendo, me estaba convirtiendo en una persona cruel, lastimándote y lastimándome, culpándola a ella y a ti y a mí... me di cuenta de que era infeliz y que te estaba haciendo infeliz conmigo.
Pensarás que soy cobarde. Lo soy. Pensarás que soy rastrera, también lo soy. Pero en realidad no encuentro otra manera... sé que tengo que dejar de interponerme entre ustedes, dejarlos ser felices y buscar lo que perdí en el proceso de tratar de conservarte.
Por eso me voy sin decirte nada, porque sé que si te llegara a ver de nuevo, no tendría el valor de dejarte, seguiría aferrándome a ti, egoísta como soy, porque te amo, porque te necesito, porque a veces siento que no puedo vivir sin ti... pero estoy consciente de que quedándome sólo lograré hacernos infelices.
Debo confesarte también que tengo miedo... tengo miedo de lo que me dirías si supieras que me voy: si me pidieras que me quedara, no tendría el valor de irme, pero si no me lo pidieras... eso me mataría, porque me confirmaría que no me quieres y, en el fondo, eso es lo que más me duele. Así que me voy sin darte la cara.
Me voy para encontrarme de nuevo y volver a ser feliz, para poder desearles la felicidad de todo corazón, y no sólo de mente, no sólo porque sepa que así debe ser.
Te amo, Carlos, y te pediría que me olvidaras, pero soy demasiado egoísta y quiero que me recuerdes para siempre, que encuentres en alguna parte de ti, algún fragmento que me haya querido de verdad, no sólo como alguna de las mujeres que te llevabas a la cama para pasar el rato. Quiero que me recuerdes como uno de tus grandes amores, no como la puta que fui para ti. Por eso te pido que me recuerdes... yo haré lo posible por olvidarte, sin embargo, así condene mi alma por crueldad... espero que me recuerdes.
Adiós y gracias por todo, por ser paciente y dejarme quererte.
Te quiero,
Susana.

sábado, 2 de abril de 2016

Cuando te convertiste en espuma

Me hubiera gustado que nunca te enteraras de lo mío con Victoria.
Al principio no te dije nada sobre ella porque no consideré que fuera necesario, ¿sabes? Lo nuestro era poco más que un juego para mí… pero luego empezaste a encajarte en mi vida y yo te quería… te necesitaba ahí… sin dudas, sin reclamos sobre otras mujeres. La verdad es que durante el tiempo en que estuvimos juntos, nunca consideré hablarte de Victoria porque no pensé que fuera asunto tuyo.... no quería que fuera asunto tuyo.
Victoria había sido parte de mi vida desde hace tanto tiempo, que estar con ella siempre me ha parecido tan normal... casi como respirar… como si las cosas siempre fueran así… como si las cosas siempre tuvieran que ser así… no lo sé… yo… a lo mejor lo que debí haber hecho es decirte todo desde el principio, contarte como fue nuestra historia, como es esta historia rara que tengo con ella, ¿verdad? Pero, ¿cómo habrías reaccionado? ¿Qué habrías pensado de mí? ¿Que soy patético? ¿Que soy un estúpido irremediable? ¿Verdad que ni siquiera hubieras querido estar conmigo para empezar?
Victoria y yo nos conocimos en la universidad. Ella estaba en su segundo año, yo acababa de entrar... me fascinó desde el principio. La conoces, ¿verdad? Es una de esas mujeres que parecen reinar ahí donde vayan, llena de confianza, llena del significado de su nombre... ella es hermosa y buena y generosa y graciosa y... a veces, cuando estamos solos, es torpe y débil, y lo es sólo conmigo...
No recuerdo la primera vez que la vi, pero recuerdo que siempre he pensado eso de ella: Victoria nació para ganar, ahí donde vaya, ahí donde se presente.
En nuestra facultad había un concurso todos los años. No era obligatorio, pero básicamente era una ayuda enorme para la cuenta de créditos académicos y era tu impulso para ser conocido, ¿querías que te contratara una buena firma al terminar? Ganabas el concurso y ya está... verás, ganar ese puto concurso te daba un futuro resuelto después de la graduación.
Se trataba de diseñar, por supuesto, algún tipo de edificio. Calificaban de todo: desde estética hasta lo práctico del proyecto... es como estar trabajando ya en un despacho normal, es la misma competencia, pero en este caso, en lugar de elegir el cliente, eligen los dueños de los despachos a los que quieres impresionar. Es algo así como una cacería de talentos.
Por supuesto, es más común que ganen equipos con experiencias, los de los últimos grados, pero eso no impide que como novato te emociones y entres al concurso con todos los ánimos y la seguridad que sólo la inexperiencia y juventud te pueden infundir. Unos compañeros y yo decidimos entrar en el concurso y así fue como comencé a tratarla. Los maestros nos hacían reunirnos en la sala de conferencias y desde las distintas áreas, se explicaban las necesidades del proyecto: ese año era un hospital. ¡Había que diseñar un hospital! Con todo y todo, con capacidad para quién sabe cuántos miles de personas, con seguridad y requisitos específicos para cada una de las áreas y salas. Probablemente suene mal para un arquitecto que pone tanto empeño en observarlo todo a su alrededor. Tú me conociste así, ¿verdad? Cuando entraste en mi vida yo ya tenía la costumbre de fijarme en cada viga, en cada ángulo, en cada detalle... yo ya tenía la capacidad de obsesionarme y apasionarme de lleno con mi trabajo... pero no siempre fue así... verás, esas cualidades, como tú las llamabas, las aprendí de Victoria. Fue con ella que aprendí a amar lo que hago... aunque es cierto que me gustaba mi carrera, fue a través de Victoria como empecé a conocer en verdad, a amar en verdad la arquitectura. Es por ella que soy feliz con mi trabajo.
Comenzamos a tratarnos en las conferencias preparatorias para el concurso: supongo que fueron sonrisas, saludos aleatorios, asientos cercanos... quizá algún comentario tonto. Nada significativo.
Recuerdo que la miraba siempre. La buscaba cada reunión, con la esperanza de que cruzáramos miradas, de que nos devolviéramos esas sonrisas insignificantes.
En fin... se entregaron los proyectos, entre nuestras miradas y sonrisas tontas. Cuando la vi ese día, irradiaba tanta seguridad que pensé que no podía ser real, ¿tonto, verdad? Pero en serio parecía como una artista de películas, demasiado perfecta, demasiado llena de sí misma.
Pasaron los días y cada vez que me la encontraba entre los pasillos de la facultad, se me fue haciendo más evidente la frustración que sentía, su ceño se fruncía con facilidad, dejó de darme las sonrisas tontas. A la semana, cuando se anunciaron los ganadores, nadie se impresionó de que fuese su proyecto el primer lugar. Su equipo festejó con la locura propia de los universitarios, pero ella salió frustrada del auditorio, tan aprisa que nadie que no la estuviera observando detalladamente, como yo, lo habría notado.
Entró como tormenta al baño de mujeres y a penas me di cuenta cuando la seguí. Estaba llorando, irritada, frustrada, gritando... como todo hombre que se place de serlo, no supe como reaccionar... me quedé ahí, ¿sabes? Como un pendejo imbécil. A lo mejor las cosas hubiesen sido tan diferentes si me hubiera ido, o si le hubiera dicho lo que ella necesitaba escuchar... si lo hubiese sabido.
"No tiene baños", me dijo. Resulta que habían planeado todo: habían cumplido con todos los requerimientos del requerimientos del cliente. Todo era perfecto excepto por ese pequeño detalle. En todo el hospital, no habían puesto ningún baño y aún así habían ganado.
Su equipo estaba muy molesto cuando presentó la queja y el rechazo del premio a dirección. Por supuesto, no les quitaron el premio. Había sido error de los jueces no notar la ausencia de baños, pero el trabajo era indudablemente el mejor. Victoria se frustró aún más: "Ese edificio no sirve para nada. La belleza es fútil cuando carece de utilidad", me dijo varias veces. Le molestaba que nadie lo viera. Decía que era como traicionar los principios éticos de su profesión. No podía aceptarlo y en ello se hizo un par de enemigos que antes fueron sus amigos. Así fue como entré a su vida de lleno: yo la escuchaba hablar con pasión, me emocionaba con ella y no decía nada, no porque quisiera callarme, sino porque en verdad no sabía qué decir. Victoria me fascinaba de tantas maneras que me a veces me era imposible creer que fuera real, que hablara conmigo, que me incluyera en su vida.
Pasaron muchas cosas entre nosotros, pero ella siempre decía que éramos  como tierra sobre el agua: no se podía construir nada sólido sobre él. A mí me gustaba recordarle que el DF entero estaba construido sobre agua, y era tan sólido como lo que más... pero ella se reía de mí y cambiaba de tema sin que mis comentarios le afectaran en lo más mínimo.
Al siguiente año, fui parte de su equipo, y ganamos con un centro comercial que tenía baños de lujo. Uno de los jueces nos contrató a todo el equipo incluso antes de graduarnos. Es nuestro jefe actual... es un poco patético que nunca haya cambiado de trabajo, ¿verdad? La verdad es que nunca he tenido la necesidad de irme... Victoria ha estado siempre aquí, impulsándome a ser mejor, a amar y perfeccionar mi trabajo.
Siempre hemos estado juntos, estar juntos es parte de nuestra vida, ¿lo ves, verdad? No es algo de lo que me guste vanagloriarme, pero hemos estado juntos a través de sus relaciones fallidas con otros hombres, hemos estado juntos a través de mi extraña y diversa vida semi-amorosa... a lo largo de los caprichos de ambos, juntos siempre, cimentando la idea de que así sería. No había razón para pensar en un futuro que fuera diferente al de ambos juntos.
No quiero que te enojes con Victoria. La verdad es que ella jamás se ha enterado directamente de ninguna de mis aventuras... dudo que siquiera sospechara que tú y yo teníamos algo. Está en contra de cornear y eso... incluso los ratos en que "pasó el tiempo" conmigo, siempre estaba sola. No sabe hacer las cosas mal... soy yo el maldito puto...  por eso no quería que nadie en la oficina se enterara de que estábamos juntos. Podrían haberle contado a Victoria y en ese momento ella me habría mandado a volar por lo sano. Jamás se atrevería a hacerte nada. De hecho le agradas mucho... siempre habla bien de ti... todo el mundo siempre habla bien de ti... soy yo el cabrón que hace todo mal pensando que está bien ser así, que me puedo justificar. ¿A que quieres mentarme la madre después de lo que te conté? ¿Verdad que sí?
La verdad es que todo el tiempo estuve pensando en mí. Incluso cuando llené tu casa de flores después de acostarme con Victoria y decirte que estaba trabajando en un proyecto. Incluso cuando te hice el amor como un loco después de irme un fin de semana con ella. Incluso cuando me ensañaba contigo los días que ella no me quería aceptar entre sus sábanas, cambiándome por el trabajo. Incluso todas las malditas veces que te diste cuenta mientras yo pensaba que me salía con la mía, y te denigraba pensando lo estúpida que eras...
Soy un cabrón malnacido, ¿verdad?

jueves, 31 de marzo de 2016

Cuando te convertiste en espuma

No dejaste ni una sola cosa tuya en mi apartamento cuando te fuiste.
En el tiempo en que estuvimos juntos habías ido dejando cosas por todo el apartamento: un par de prendas en mi habitación, refractarios en la cocina, tu cepillo de dientes en el baño... yo fingía que me molestaba cuando los veía, pero secretamente me gustaban y me aterraban. Eran muestras de que te estabas volviendo parte de mi vida... había momentos en que tenía ganas de agarrarlo todo, meterlo en una bolsa y tirarlo a la mierda... y luego, había ratos en que quería ir a tu casa y traerme todas tus cosas para que te mudaras de una vez.
Supongo que debí haber notado que te llevabas las cosas esa última semana. A lo mejor te las llevaste todas la misma noche y por eso no me di cuenta... pero la verdad es que eran tan pocas, que igual no lo noté porque no todo el tiempo les ponía atención.
Supongo que no cuenta como disculpa, pero sabías que estaba estresado: llevaba meses tratando de conseguir ese proyecto y por fin me lo habían dado. Sabías que tenía que irme. A veces siento que aprovechaste la situación para abandonarme sin que pudiera hacer nada, sin que me diera cuenta a tiempo. ¿Tanto miedo tenías de que te detuviera? A lo mejor, si me hubiera dado cuenta, no te habrías podido escapar, habrías tenido que enfrentarme y no habrías tenido el valor para marcharte.
No recuerdo qué hicimos ese día. Me iba al siguiente día en la tarde, así que preparé todo, con tu ayuda... creo que tú preparaste casi todo mientras yo te hablaba emocionado del proyecto.
Una vez me dijiste que una de las cosas que te gustaban de mí era la pasión con la que te hablaba de mi trabajo. Me dijiste que te emocionaba oírme hablar de lo que me gustaba. Así que cuando no te emocionaste al escucharme, me enojé. Debería haberme preocupado, pero en lugar de sospechar, me irrité porque pensé que le quitabas importancia a mis cosas. Debes comprender que me habías acostumbrado a tu atención, a sentirme importante, y esa noche no sentí que me apoyaras... nos peleamos, aunque no recuerdo que hayas dicho nada.
Me calmaste, me hiciste olvidar el estrés y usaste las palabras exactas para engrandecer mi ego. Me hiciste el amor como nunca...
Me dijiste que me ibas a extrañar, y como un estúpido, pensé que te referías a los dos meses que pasaría fuera, en el proyecto... pensé en decirte que te llamaría, pensé en decirte alguna cosa cursi que sonara romántica o algo, pero no se me ocurrió nada. En lugar de eso, te dije que te veías patética, que no armaras escándalos por un par de meses. Me di la vuelta y me quedé dormido sin preocuparme. Estaba seguro de que estarías ahí al día siguiente. Estaba seguro de que estarías esperándome al finalizar el proyecto... ¿cómo se me iba a ocurrir que no estarías siempre si yo sabía que eras mía?
Ni siquiera noté cuando te levantaste... ni me di cuenta cuando te fuiste.
Me enojé un poco cuando desperté y no estabas. Salí de la habitación y Julio estaba ahí, ¿sabes? Bebiendo café en la mesa mientras miraba el desayuno que habías preparado. Te llamé y no contestaste, te busqué en el baño y no estabas. Le pregunté a Julio si habías ido a la tienda. Él no me contestó, pero yo asumí, y se lo dije, que estarías comprando los ingredientes para hacer esas galletas que me gustaban. Dije algo sobre que al menos tenías la decencia de hacer eso y seguí hablando hasta que Julio me pidió que desayunara. Por un momento me sentí incómodo... se me ocurrió esperarte, pero luego pensé que era tu culpa por no haber esperado a que yo me levantara a desayunar. Tenía hambre, así que comí contento... estaba frío, pero no me quejé... no te lo imaginas, ¿verdad? A veces sólo me quejaba para molestarte, no porque me enojaran las cosas.
Me gusta tu comida, incluso si está fría. Aquella mañana comí con gusto. Terminé de empacar, moví las maletas a la entrada... llamé al taxi y me senté a ver televisión. Pero no llegaste.
Te llamé un par de veces. No quería que notaras que empezaba a preocuparme... pero tu teléfono estaba apagado. Pensé que habías olvidado cargarlo, como siempre, le comenté a Julio lo tonta que eras, tratando de que no se me notara la ansiedad en la voz. Sabía que algo no estaba bien, pero no quería admitirlo, disimulé todo lo que pude... te llamé un par de veces más... seguía apagado... volví a burlarme de ti, le quité importancia... pero terminé explotando... después de esperarte toda la mañana, comencé a preguntarle a Julio si le habías dicho algo, ¿a dónde fuiste? ¿Por qué no habías vuelto? No quería decirlo en voz alta, pero me daba miedo que te hubiera pasado algo... ¿que tonto, verdad? Yo preocupado por ti y tú dejándome como la mierda...
No sentí nada cuando Julio me dio la carta diciéndome que le habías pedido que no me la diera hasta que volviera del viaje del proyecto.
La furia me golpea a veces cuando pienso en ello. Le pediste a Julio que guardara la puta carta por dos meses, hasta que regresara, ¿qué chingados pensaste? ¿Que no me iba a dar cuenta de que te habías ido? ¡Chingada madre! ¿Pensaste que no te iba a llamar o qué demonios? ¿Creíste que no iba a venir los fines de semana? ¿Que no me iba a dar cuenta de que había pinches extraños viviendo en tu casa? ¿Por qué madres pensaste que la puta carta podía esperar dos putos meses para darme tus pinches explicaciones de mierda?
Lo que más me encabrona es que tenías razones para pensarlo.
¿Sabes qué hice después de leer tu puta carta? Me reí. Luego me enojé... o al revés, la verdad es que ya ni me acuerdo. Cuando me encontré con Kevin en el aeropuerto, no le dije una mierda. De todas maneras el puto de Kevin ni sabía que había algo entre nosotros... pensaba, como tú, que nada más me acostaba contigo para pasar el pinche rato. ¿Qué jodido, verdad? Ya había decidido que me valía madres lo que dijeras. Estaba seguro de que volverías a pedirme perdón, que me suplicarías por volver a mi cama. No había decidido si te iba a perdonar, sin embargo.
Seguí pensando que todo estaba bien, incluso cuando te llamaba al teléfono para escuchar la puta voz de la operadora diciendo que el pinche número no existía. Te maldije un par de veces por no contestarme... me maldije cada vez por haberte prohibido que grabaras mi número... a lo mejor se te había perdido el pinche teléfono, a lo mejor se te había descompuesto, a lo mejor no tenías cómo contactarme y por eso no me llamabas... yo te había prohibido que me llamaras pero nunca te dije que no me pasaras tu pinche número nuevo si algo le pasaba al otro...
No le quería preguntar a Julio, pero empecé a llamarlo porque era la única conexión que tenía con la oficina... pero nunca me salía la manera de preguntar por ti... a veces él me cortaba, a veces era sólo que yo no me atrevía a tocar el tema.
Fue Kevin quien me lo dijo, ¿sabes? Me hizo sentir como un estúpido. Lo dijo sin más... que habías renunciado el viernes antes de que nos fuéramos de viaje para el proyecto... quién sabe que pinche cara habré puesto, que terminó burlándose de mí, diciendo que pensaba que sólo me acostaba contigo por pasar el tiempo, pero que era una mamada que ni supiera que habías renunciado, que al menos ya tenía tiempo para enfocarme en otras... ni se dio cuenta de que vomité del coraje, de que golpeé la almohada en la noche, de que me emborraché y te llamé al puto número inexistente, de todas las pendejadas que hice cuando me di cuenta de que en verdad te habías ido.
Lo que me jode es que yo también lo pensé, de alguna manera, que lo nuestro era sólo para pasar el rato, que te podía dejar sin mirar atrás, sin sentir remordimiento cuando te pidiera que te convirtieses en espuma... qué pendejo, ¿verdad?

domingo, 27 de marzo de 2016

Cuando te convertiste en espuma

Mosquito. Me carcajeé cuando supe que tus padres te llamaban así. Creo que te dije que te quedaba perfecto porque eras igual de fea que una mosca. Tú hiciste una mueca, sonreíste y concordaste conmigo. Sabía que no te considerabas bonita, pero no me importó burlarme de ello y utilizar el mote de tus papás para satirizarte más.

Ni siquiera me digné a preguntarte por qué te llaman así. Si tus papás tienen buena vista, seguro que se habrán dado cuenta de que eres preciosa, de la misma manera que me di cuenta yo: viéndote sonreír. La verdad es que no se me ocurrió preguntarte, me limité a reírme, hacer chistes sobre el dengue o zicca y luego comencé a llamarte mosca cada vez que mencionabas a tu familia: “¿Extraña la mosca fea a sus papás?”. Tú te reías de mis gracias y afirmabas orgullosa. No te avergonzaba admitir que eras la princesa de mamá y papá.

Me lo he preguntado hoy. ¿Por qué tus padres, adorándote como te adoran, te llamaban mosquito? Me entró la duda porque escuché una canción infantil sobre un mosquito que daba besos de corazón. El locutor dijo que estaba basado en un mito o algo así… a lo mejor tus papás te contaban esa historia antes de ir a dormir. A lo mejor cantabas la canción a todo pulmón… a lo mejor hay una historia divertida o tierna detrás del apodo… a lo mejor ya no es tiempo para preguntarte por ello, ¿verdad?

Me gustó pensar que el apodo es porque eres buena besando. Al principio no tenías experiencia en nada, pero siempre fuiste buena besando… me cagaba pensar que alguien te había enseñado a besar con pasión… pero a lo mejor simplemente eras natural para ello. Eso tampoco te lo pregunté. Creo que me hubiera dado algo si me hubieras contado sobre tu primer beso o sobre el idiota que te enseñó a besar.

Yo no soy como el pendejo de la canción al que le importaría una madre tu pasado con tal de que en el presente estuvieras con él… yo me enojaba cada vez que me acordaba que no habías aprendido a besar conmigo. Me tenía que morder un testículo para que no te enteraras de que estaba celoso en secreto.

La primera vez que me besaste en serio, sin vergüenza, sin alcohol, me sorprendí. Quién iba a decir que con esa boca chiquita de labios extraños ibas a poder besar con tanta pasión. Ni te has de acordar porque me besaste enojada. Nunca te acuerdas de lo que haces cuando estás enojada.

Yo me acuerdo porque me besaste como si no hubiera mañana. En ese momento se me olvidó que estábamos en la oficina… se me olvidó que te había prohibido que la gente se enterara de que había algo entre nosotros. Tu beso me encendió y te hubiera hecho el amor en ese instante si al separarte de mí no me hubieras visto con esa mirada de reproche.

Tenías los ojos llenos de lágrimas y se me olvidó que quería metértela. “¿Tanta vergüenza te doy?”, me preguntaste algo por el estilo. No supe qué responderte. Sí, me daba vergüenza que supieran que teníamos algo… o a lo mejor sólo tenía miedo de que si alguien se enteraba de que me estaba aprovechando de ti, irían a contarte todas las canalladas que había hecho antes y entonces se te hubiera olvidado que te hacía reír, o que te gustaba lo que te hacía en la cama… porque entonces me hubieras dejado como pendejo… y yo ya te había advertido que el que terminaba las cosas era yo, que el que mandaba era yo…

Pero en ese momento te valió madres. Me besaste, me desarmaste y no supe qué decir. Te quedaste mirándome y comencé a enojarme. Seguro te dije algo sarcástico, pero me dejaste con la palabra en la boca. Me diste la espalda y te fuiste caminando, luego te detuviste a unos metros, me miraste, esperaste, sacudiste la cabeza y te fuiste. A lo mejor esperabas que te llamara, que te detuviera, que fuera romántico, te pidiera perdón o te besara. Pero yo no soy así, ya lo sabes, ¿verdad?

Me dejaste de hablar. Yo me enojé más y decidí no llamarte, no mandarte mensajes, ignorarte de la misma manera en que tú me ignorabas en la oficina. Estaba seguro de que no aguantarías demasiado, pero la cosa se extendió a días y en el fondo comencé a asustarme un poco de que la ley del hielo se volviera permanente.

Sentí alivio de que nuestra ciudad fuera tan propensa a las lluvias y de que tú aún no hubieras comprado un carro. De que aceptaras que te llevara después de recriminarte que fueras tan infantil y de echarte en cara que te enfermarías y le dejarías el trabajo tirado a tus compañeros solo por ser orgullosa y caprichosa. Al final te fuiste conmigo sin saber que Carmen la amargada quería llevarte, y yo me le adelanté por muy poco… si te hubieras negado un minuto más, habrías regresado con ella y no conmigo. Pero tuve suerte. Te convencí, te llevé y con palabras, chantajes y sátiras, logré meterme en tu cama de nuevo, pero ahora con los besos apasionados, con un poco menos de vergüenza y pudor de tu parte.

El coraje se te fue bajando mientras trataba de imitar la manera en que me habías besado. Te reíste en mi boca y me preguntaste si me había gustado. No te respondí directamente, sabes que no soy así. Me limité a señalar que no eras tan mojigata como pensaba. Me aseguré de que entendieras que no debían saber nada de nosotros en la oficina… que habías sido una imprudente… te eché la culpa de todo. ¿Sabes que ni siquiera me acuerdo de por qué te habías molestado? Has de pensar que soy un cabrón. A lo mejor lo soy.

Esa noche me quedé en tu casa. Sabía que no estaba bien, pero me quedé porque comencé a pensar en quien te había enseñado a besar. No quise admitirlo ni siquiera en mis adentros, pero me sentí celoso y quise quedarme como una protesta sorda para él, para demostrarle que yo había conseguido algo que él no, para dejar en claro que era yo quien te tenía.

Yo te tenía. Era a mí a quien besabas… tú eras mi mosca fea.

Me encabrona que me hayas vuelto tan patético como para que una puta canción de mosquitos me haga extrañarte más. Supongo que ahora iré a mi casa a buscar canciones de mosquitos y mitos sobre el dengue y todas las enfermedades que contagian. A lo mejor así te odio más de lo que te extraño… a lo mejor así te recuerdo más y tengo buenos sueños contigo… a lo mejor me vuelvo lo suficientemente patético como para pensar como tú y entender por qué chingados te fuiste… a lo mejor me distraigo de ti… a lo mejor no puedo caer más bajo, ¿verdad?

sábado, 26 de marzo de 2016

Cuando te convertiste en espuma

Hoy comí en el café en el que te conocí.
Llevaba meses evitándolo. Me daba miedo ir ahí solo. Resulta que mis miedos tenían una buena razón.
Nunca te lo dije, ¿verdad? La mayor parte de la gente no se acuerda de cuando conocen a las personas. Yo no me acuerdo de cómo conocí a casi ninguna de las personas con las que convivo... pero me acuerdo de cuando te conocí a ti. Es gracioso, pero está todo grabado en mi memoria, como si fuera uno de esos recuerdos que tu subconsciente selecciona como imprescindibles.
Esa noche había soñado contigo... o a lo mejor no... a lo mejor sólo tuve un sueño con una mujer de sonrisas tontas y luego le puse tu rostro, asegurándome de que ese día fuera especial. ¿Quién sabe? A lo mejor ni había soñado nada y mi memoria armó el pinche sueño para hacerte más especial.
En el sueño, real o ficticio, estabas tú, sonriendo como cuando te vi sentada en el café. Platicabas con una de las recepcionistas. Era tu primer día en la oficina y ya te habías hecho amiga de esa ogresa de Carmen... a lo mejor te habías hecho su amiga porque no sabías lo cabrona que es. Es una pinche vieja amargada a la que no le cae bien nadie y a la que todo el mundo desprecia por presumida y cabrona, pero ahí estabas tú, con tu sonrisa de mensa, sacándole plática y haciéndola sonreír. Yo nunca había visto sonreír a la pasa arrugada de Carmen... pero tú la hiciste reír como si nada. Le agradaste nada más llegar, seguro por tu cara de niña tonta y tu voz demasiado aguda, demasiado dulce, así como le agradas a casi todo el mundo.
Me encabrona eso de ti, ¿verdad que no lo sabías? Vas por ahí siendo amable con todo el mundo, como si se lo merecieran, y eres buena con todos, y nunca te quieres reír de los videos graciosos donde la gente se cae... me encantan esos videos, me reía más de tu cara de espanto cuando te los mostraba que de lo gracioso del puto video... ¿quién no se ríe de alguien dándose en la madre? La misma persona que se puede hacer amiga hasta de la pasa amargada de Carmen... sólo tú.
El punto es que nunca te lo dije. Ese día iba a ir a comer con Kevin a un restaurante que acababan de abrir en no sé dónde... ya ni me acuerdo del pinche nombre del lugar. De lo que me acuerdo es de que tuve que invitarle el almuerzo a Kevin para convencerlo de que llegáramos al pinche café de mierda.
Llevabas puesta una blusa de manta bordada. Me burlé de ti, pero a Kevin le pareció bonita. Era una blusa típica, dijo, anticuada pero era interesante ver a alguien vestido con huipil en pleno siglo veintiuno. Me dijo que eras nueva en la oficina, que trabajabas en el departamento de publicidad... que te había conocido en la mañana, que parecías agradable... ni te imaginas lo amargado que me sentí en ese momento.
Le dije que no debías ser tan agradable si eras capaz de hablar con la amargada de Carmen... pero Kevin me ignoró. No quiso acercarse a saludar y yo no quise sugerirlo porque no me apetecía verle la cara a la ogresa y porque no quería que se me notara que me interesabas. Esa pinche blusa no dejaba ver nada de tu figura. A lo mejor por eso me gustaste... porque me imaginé que debajo debías de ser un mango o algo así.
La verdad es que me sentí un poco aliviado de que Kevin sanjara el asunto, porque significaba que le valías una madre. Pero también me sentí un poco encabronado, porque ni tu nombre me dijo el pendejo.
Me acuerdo que el cabrón me sonrió sarcástico y me advirtió que ni se me ocurriera tratar de "estrenarme a la nuevita". Me dijo que olías a virgen de sacrificio. Me acuerdo que me reí y le seguí el juego. Seguro que a nadie se le ocurriría quitarte lo virgen con esa ropa de india recién bajada de la sierra que llevabas como si fuera lo mejor. Has de pensar que soy un bruto inculto, ¿verdad? A ti que tanto te gustan esas cosas... seguro que si hubieras sabido de qué nos estábamos riendo ese día, nunca me habrías hablado, ¿verdad que no? O a lo mejor sí, porque eres tan tonta y tan rara que a todo el mundo perdonas como si nada. A lo mejor me hubieras sonreído desafiante como cuando te decía que no me gustaban tus cosas... a lo mejor me hubieras sonreído con tristeza como cada vez que te molestaba en los últimos días en que estuvimos juntos.
Ustedes se fueron primero, y me dio un poco de coraje que le sonrieras y saludaras a Kevin como si nada... ni te diste cuenta de que nos reíamos de ti a tus espaldas. Pero Carmen te agarró del brazo y te sacó casi a rastras del café. Pinche vieja bruja... seguro que te dijo puro veneno sobre mí, ¿verdad? Pero tú ni le has de haber creído... porque tú siempre vas y piensas lo mejor de todo el mundo, eres tan tonta que te basta con que te sonrían una vez para pensar que la gente es buena... a lo mejor ahora te arrepientes de no haberle creído a la amargada de Carmen, ¿verdad? A lo mejor creerle te hubiera evitado un montón de lágrimas.
Nunca te lo dije, pero ese día que te vi por primera vez, me obsesioné un poquito contigo... me gustaste y quería pasar el rato acostándome contigo. Ni te has de impresionar a esas alturas, porque ya debes de saber lo cabrón y malnacido que soy. Seguro que ya dejaste de justificarme por todas las mamadas que te hacía, ¿verdad? A lo mejor ya hasta te olvidaste de ese día en que nos conocimos.
Me quedé un buen rato esperando a que salieras de la oficina. Fuiste de las últimas y me molestó un poco tener que esperarte. De todas maneras ni te diste cuenta ¿verdad? Fingí que iba saliendo yo también cuando decidiste dejar el despacho. Te habías amarrado el cabello en un feo molote y te habías puesto un abrigo guango que no combinaba para nada con lo que llevabas puesto... ¿quién en su sano juicio te había contratado para publicidad? Se notaba a leguas que no tenías buen gusto. Llevabas poco maquillaje y el delineador estaba medio corrido. En lugar de bolsa, llevabas un morral tejido de colores brillantes y pulseras hechas de semillas pintadas. Ibas cargada de papeles. Te veías ridícula y por un instante pensé que te haría un favor arrancándote esa ropa de indigente que llevabas puesta; sería como mi obra benéfica de la semana.
Te sonrojaste nada más verme. No lo hubieras hecho, porque en ese instante me sentí tan importante, como si fuera un pavo real perfecto deslumbrando a un pequeño e insignificante polluelo. Te ofrecí ayuda con los papeles y te negaste diciendo que podías tú sola. Después de conocerte, me empezó a encabronar que nunca aceptaras mi ayuda para cargar las cosas, pero en ese momento me sentí aliviado porque no quería cargar tus pendejadas de trabajo, pero tú has de haber pensado que era de esos tipos idiotas que respetan la fortaleza femenina o alguna tarugada de esas. Te gustaba verme con ojos románticos, pero al final yo lo jodí todo, ¿verdad que sí? Ese pedestal en el que me tenías, lo golpeé con todas mis fuerzas hasta que se cayó en pedazos.
Te saqué plática en el camino pero tú apenas y me miraste, sonrojada, apenada. Supe que te había gustado nada más con esas reacciones de colegiala tonta que me diste. Me sentí grande, superior a ti... me gustó que fueras tan tonta, porque pensé que sería más fácil llevarte a la cama y olvidarme de ti a la mañana siguiente.
No tenías auto y me ofrecí a llevarte, tú pensaste que estaba siendo amable, yo te estaba calculando... pero eres tan tonta que no te diste cuenta de que quería pasar a tener sexo contigo. Me pareció gracioso y te dejé ir intacta, seguro de que te tenía sobre el plato, lista para joderte cuando se me antojara, en tu propia casa, para no tener que pagar motel y no tener que llevarte a mi apartamento compartido. No planeaba gastarme un cinco en ti.
De regreso a mi casa, sonreí satisfecho, con la sensación de triunfo impregnando mi pecho.
Nunca te lo dije, pero esa noche volví a soñar contigo, con tu sonrisa y tus pulseras de semillas tintineantes, con tu rostro mirándome desde un lado de mi cama, sobre mi almohada favorita, en mis brazos. ¿Verdad que nunca te lo dije?